miércoles, 25 de junio de 2008
CENTENARIO
jueves, 5 de junio de 2008
El hombre en (de, a ) la Luna
Cuando el hombre caminó sobre
Un día la razón me dijo que era necesario cambiar el orden en que las cosas se encontraban, porque nos generaban la angustia permanente de no saber hacia donde nos dirigíamos. Todos sabemos lo angustioso de caminar en medio del bosque en una noche sin luna, o al menos creemos saberlo, porque yo nunca lo he hecho. Me empeñé en la tarea de diseñar un mundo nuevo, cree para el plazas, bibliotecas, hospitales y cuanto fuera necesario, pensé en como subsistiríamos, y encontré la manera, pensé en cual era la causa de nuestros pesares, y la eliminé.
Cuando acabe mi obra, corrí, corrí con desesperación hacia donde todos corremos cuando tenemos cosas que decir, y que todos quieren escuchar, hacia dentro de mi mismo. Eso me volvió a llenar de las inseguridades que siempre nos embargan, cuando creemos descubrir algo tremendo. Me cuestioné ¿Galileo, Newton o Darwin, tuvieron miedo de gritar al mundo su verdad?
Una fuerza insospechada brotó de mi corrí hacia la calle, grité a los cuatro vientos lo que había descubierto…y una bala certera me atravesó el corazón, caí desvanecido por el impacto. Meses después comprendí lo que pasó y se lo relate a usted señor.
- ¿Como? Yo a usted no lo conozco, y por lo demás usted me parece un simple loco.
Y esa fue la segunda bala que trastocó mi corazón, desde allí vago sin memoria por los rincones del mundo, esperando que alguien tome mi corazón y le de un aliento vital.
EHD
miércoles, 4 de junio de 2008
Los dos reyes y los dos laberintos
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mando a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. FIN
[Cuento. Texto completo]